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Comedia, democracia y respeto por la institucionalidad

10/03/2016

¿Cuándo la risa llega a ser un problema serio? Esta fue la preocupación que dejó en la clase política y el gobierno las actuaciones humorísticas del Festival de Viña el pasado mes de febrero. La risa siempre ha sido receptáculo de los tiempos presentes, de los personajes en boga, de las crisis y momentos propios de la actualidad. Es vivir el momento bajo una visión distinta: hechos, circunstancias, personas, espacios y momentos de los cuales el espectador es consciente, pero los vislumbra desde una óptica distinta. Pueden ser incluso momentos íntimos que se convierten en objeto de descubrimiento y que nos hacen ver y vernos desde otra mirada, una mirada graciosa de la realidad de aquellas cosas que quizás no lo sean.

Claro está, tal y como existe la risa, también podemos encontrar la amargura. Y este tipo de pesadumbre es la que afecta a nuestra clase política. Seriedad y no bromas, racionalidad y no burlas… respeto y no risas.

La política desde tiempos remotos ha sido objeto de sátiros y comediantes. El ejemplo más ilustre lo encontramos en Grecia con la comedia de Aristófanes, quien se burla no solamente de las circunstancias de su tiempo sino también de los personajes ilustres de su época. Por otra parte, un personaje como Sócrates, cuya profesión –dícese- es la filosofía, se paseaba por las calles de Atenas interrogando e ironizando con cualquiera que se cruce en su camino. Irónico por antonomasia, Sócrates no dejaba hombre sin trasquilar: desde políticos prominentes hasta el hombre vulgar, todos caen ante la lupa del sátiro griego. En este clima político podemos aprender dos cosas: en primer lugar, ironía, burla, comedia y risas son algo habitual de la democracia, porque se encuentra precisamente en el espacio público: a la vista de todos, y al mismo tiempo, en boca de todos. Esto nos lleva al segundo punto, estar en boca de todos significa también ser visible ante la comedia, ante las risas y ante la burla.

Por lo tanto, la risa y la burla no son, como sugiere nuestra clase política, faltar el respeto a la institucionalidad; por el contrario, es gracias a la democracia misma y su institucionalidad que las personas pueden burlarse de sus políticos, de ciertas reformas y de ciertos hechos propios de su contexto político. Esta observación sugiere que reflexionemos sobre aquello a que se hace referencia al momento de plantear el respeto. ¿Respeto a qué, o mejor dicho, respeto a quién? ¿Acaso existen personas o grupos que se sienten intocables e invulnerables? Dichas personas que se sienten pertenecientes a un grupo intocable e invulnerable son los mismos que hacen de la política un grupo reducido de control enorme sobre las demandas que la sociedad persigue y sobre las decisiones que la ciudadanía exige ejercer.

A este grupo no podemos calificarlo como democrático, debido a que representa los sentimientos y pensamientos de una elite endogámica que se ve a sí misma como la salvaguarda de la república, intentando ser inmune ante el “humus” social. Entonces, sin darnos cuenta, gracias al humor aparecen dos Chile ante nuestros ojos: el Chile de la clase dirigente y el Chile de los ciudadanos.

Esta premisa no es nueva, a decir verdad es bastante añeja. En las discusiones intelectuales de la democracia ateniense aparece la metáfora del barco que simboliza la cuestión política de la ciudad. Para algunos, una buena navegación y un buen barco no es gracias a la experticia del capitán, más bien es gracias al poder que ejercen unidos los remeros. Para otros, en cambio, una buena navegación de un buen barco se debe exclusivamente a la experticia navegante del capitán en desmedro de los remeros. Para los primeros la fuerza de los remeros simboliza la fuerza de los ciudadanos y es consecuente con la democracia. Para los segundos la experticia del capitán simboliza los conocimientos que todo dirigente o grupo de dirigentes debe poseer para conducir la ciudad. Esta es la figura que nos pinta Platón en República, concluyendo que una buena ciudad debe ser dirigida por reyes filósofos, o, en su defecto, los dirigentes deben ser educados por estos. El espacio público se reduce a una clase privilegiada, la clase que posee la episteme, es decir, los conocimientos para la buena dirección de la ciudad. Claro está, Platón está pensando en la verdad y la moral que nos acercan a todo conocimiento divino –en consecuencia, un régimen autocrático-; mientras que la doxa, la opinión, propia del mundo humano, es depositada en el pueblo que se encuentra solapado bajo un manto de ignorancia. Este aspecto es propio de aquellos que viven en democracia.

La similitud con este cuadro que nos pinta Platón estriba en la importancia de los conocimientos técnicos. Ya no es el filósofo con su sabiduría quien debe dirigir la ciudad sino el político experto que posee el conocimiento para tomar las mejores decisiones “por la ciudadanía”. Este tipo de mesianismo autoreferente y con tintes megalomaniacos -dignos de observar por un psicólogo atento-, deja entrever que el gobierno tiene razón al pedir respeto por la institucionalidad. Bueno, lo que ha olvidado es que la institucionalidad más importante de una democracia es la ciudadanía, a la que durante todo el año 2015 le faltó el respeto sin asco y sin ética, gracias a un conjunto de leyes que ellos mismos han hecho para sí. Un traje a la medida que todo sastre envidiaría, no obstante, este traje cubre todo aquello que es propio de toda democracia y sus instituciones.

Que el gobierno pida respeto y que el mercurio se sienta alarmado por unos humoristas nos quiere decir -a diferencia de lo que ellos piensan- que progresivamente el espacio público ha despertado: está ironizando, se está riendo, pero no sabemos si va a actuar. Las elecciones de este año serán un buen precedente para responder a dicha inquietud: continuar con el quiebre entre política y ciudadanía, o fortalecer y unificar la democracia con mayor poder deliberativo y participativo de los ciudadanos.

Febrero es un mes muy particular, es el mes de las alzas, leyes, políticas poco populares... y el festival de Viña. Dentro de todo este panorama veraniego tan peculiar, refresquemos algunas “lagunas” de nuestra clase política: recordemos que la comedia y la burla son propias de un régimen democrático y no de uno autocrático; y rememoremos una bella frase de un pensador político como Tucídides que en el siglo V a. C. escribía: “son los hombres los que constituyen una ciudad, y no unas murallas o unas naves vacías de hombres”. La institucionalidad más importante que ha de cuidar y proteger toda democracia son sus ciudadanos. De esta manera, ¿por qué pedir respeto por una clase política o gobierno de turno y no pedir respeto por la democracia y sus actores principales que son los ciudadanos?

Rodrigo Escobar San Martín

Académico de la Universidad Católica Silva Henríquez