UCSH
4 de años Acreditación
Sala de Prensa

Dirección de Comunicaciones

Detalle de Opinión

La misericordia en el contexto actual

Justino Gómez, académico de la Escuela de Sociología, UC Silva Henríquez.
Justino Gómez, académico de la Escuela de Sociología, UC Silva Henríquez.

23/12/2015

El Papa Francisco convocó a su iglesia y a todas las personas de buena voluntad al Año Jubilar de la Misericordia. En este contexto, hace unos meses me hicieron una pregunta desafiante: en el actual contexto sociocultural y eclesial que vivimos, ¿cómo plantear desde la iglesia chilena una definición inculturada del concepto de ‘misericordia’ que resulte comprensible y significativa para la gente?

Quiero compartir mi opinión con ustedes. Considero que la misericordia hoy puede ser entendida como empatía con la situación, la condición de las personas, sus biografías, trayectorias de vida, experiencias, necesidades  y proyectos. La iglesia, si quiere ser rostro de Dios, puede mostrarse como ‘madre  y maestra’ que acompaña y guía en el camino de la vida, que acoge, anima, fortalece en las dificultades, da esperanza, enjuga las lágrimas.  

El padre del hijo pródigo es el modelo de iglesia que instala la costumbre de salir ‘todas las tardes’ a esperar a los hijos que se alejaron.  Es un padre incondicional que no rompe el vínculo. La parábola habla del hijo que se alejó, pero resulta que el sentir de muchas personas es ‘que la iglesia les dejó a ellos’ porque rompieron el vínculo con su cónyuge, formaron nuevos vínculos afectivos, etc. Creo que no sería bueno tipificarlos como ‘hijos pródigos’, lo importante es el gesto de salir a buscar, tomar la iniciativa de encontrarlos, acogerlos. La conducta del hermano es lo ‘perfecto’ en términos del cumplidor, pero la misericordia supera la estrictez  y los límites rígidos de las normas humanas. Hay muchos ejemplos de Jesús respecto a poner a las personas por encima de las normas de la época.

A mi entender, el Papa, traduce esta expresión del cristianismo en el sentido de que ya no estamos bajo una ley que nos culpabiliza o nos expulsa, sino que Dios nos acoge y reconcilia.    Por ello, la misericordia es la actitud ante quien sufre por alguna razón. Es empatizar con él, compadecerse,  hacerse cargo (como el samaritano) y ayudar a sanarlo.  Cuando  el  Jueves  Santo el Papa lava los pies de los reos, no les pregunta por los delitos que les llevaron a prisión, simplemente hace un gesto que los alivia.  La imagen del buen samaritano vuelve a tomar gran significación hoy, tanto como el gran gesto del Cardenal Raúl Silva.

Otra dimensión que contiene la misericordia es la confianza. Nuestro Dios es confiable, cumple su palabra, no se fija en las pequeñeces y descriterios de su pueblo. Nuestra iglesia, junto a tantas otras instituciones, ha perdido su capital de confianza y ya no es tan creíble.

Sin embargo, hay una dimensión muy concreta con la que se puede asociar la misericordia entendida como empatía. Se trata de la convivencia cotidiana en la ciudad y de ponerse en el lugar del otro, tener gentileza, cortesía y respetar al otro y a las normas de convivencia. Los chilenos (los santiaguinos, más bien) somos agresivos e intolerantes, mientras que la misericordia tiene rostro de paciencia y tolerancia y no se rige por el ‘ojo por ojo’. En Santiago no se puede corregir a nadie porque responde con un garabato o una ‘chorizada’, casi nadie se excusa ni pide disculpas.

Misericordia hoy es también inclusión. La empatía que supone la misericordia implica también que en el caminar de la sociedad nos preocupemos de todos, especialmente, de los rostros de la exclusión. Una atención especial merecen nuestros pueblos originarios, ya que no están siendo respetados en su identidad cultural, sufren la exclusión y la marginalidad.  Todas las familias que aún viven en campamentos, en condiciones insalubres o mínimas, discapacitados, los drogadictos, prostitutas, entre otros, todos ellos necesitan una vida digna.

Misericordia hoy es hacer justicia, compensar a las víctimas, pedir perdón y reconciliarse. La invitación de la iglesia puede ser a toda la sociedad, a todas las personas de buena voluntad. El gran gesto que se espera de su parte, es pedir perdón a las víctimas de los abusos, no sólo de los vinculados con la sexualidad, sino que también con las manipulaciones de conciencia de algunos sacerdotes o religiosas. Hoy con  las transformaciones y nuevas sensibilidades culturales que incluyen el valor de la persona y sus derechos humanos en todas sus dimensiones, incluida su conciencia infantil y juvenil, se perciben como formas sutiles de violencia.

En la medida que la iglesia (todos nosotros) se interese por la gente, las personas, por un diálogo sincero con su mundo y su vida, habrá reciprocidad. Soy partidario de incorporar en el proceso del ‘Año de la Misericordia’ un tiempo de escucha y diálogo: abrir espacios en las calles y plazas para que la gente hable y opine sobre situaciones difíciles de la vida: muerte, dolor, enfermedades, amor, el matrimonio y las rupturas, el sentido de la vida, la condición sexual y humana de las personas, etc.

El mejor rostro de la iglesia ha sido siempre su pastoral social, la inmensa cantidad de laicos, sacerdotes y religiosas que silenciosamente trabajan día y noche en los más apartados lugares de las ciudades y campos. Esta pastoral social de las marginalidades y exclusiones, se debe visibilizar en la Iglesia para que las otras ‘pastorales’ la conozcan, la valoren y la incorporen en el quehacer habitual. El año de misericordia es un período magnífico para profundizar la enseñanza social de la iglesia.

Retomando lo planteado más arriba, me atrevo a proponer otra línea de acción que tiene que ver con la ‘educación para la convivencia’. Mostrarse como iglesia educadora de la empatía, de la tolerancia y el respeto a los otros a los más débiles, desarrollar saber y métodos, estrategias de aprendizaje ciudadano, tales como: la amabilidad, el no echar el auto encima, el respeto a personas mayores, ceder el asiento a los mayores, respetar las filas de atención, etc. Puede ser estratégico hacerse cargo de este ‘espacio vacío’ de nuestra vida urbana, ya que acciones positivas son propias de una Iglesia ‘madre y maestra’ educadora de la vida.

 

Justino Gómez de Benito

Académico de la Escuela de Sociología

Universidad Católica Silva Henríquez