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El mecanismo actual de gratuidad: Una muerte anunciada

Illich Silva-Peña
Illich Silva-Peña

08/06/2016

Al igual que en la novela de García Márquez, ya sabemos que el programa actual de gratuidad en la Educación Superior deberá terminar. Me refiero específicamente al mecanismo de implementación. Le digo programa y no política, porque su diseño es de manera transitoria. Claramente tiene un plazo acotado en el tiempo. Al ser considerado una glosa presupuestaria más, no tiene un asidero que permita pensar que es una política de Estado; sino más bien, un programa del gobierno de turno.

Lo que ha pasado con la llamada “gratuidad” es una improvisación para poder responder a una promesa de campaña realizada. Es comprensible que exista una mirada en torno a llenar ese vacío de decepción. Sin embargo, no se entiende que durante este tiempo no se haya pensado en una política a más largo plazo. Ya debiéramos tener buenas señales de lo que será la política de financiamiento de la Educación Superior. La política debiera ser pensada de un modo que permita fortalecer a las universidades y no debilitarlas.

La implementación de esta forma de gratuidad es como estar a contrata. Así como cada año, miles de funcionarios públicos están pendientes de que les renueven o no el contrato, las instituciones adscritas al sistema de gratuidad deberán estar pensando en la discusión del presupuesto anual. Me imagino los últimos días de noviembre a cada uno de los rectores siguiendo la discusión parlamentaria minuto a minuto para saber los resultados de la glosa presupuestaria. Si antes, varias universidades estaban atentas a la matrícula que obtendrían, bajo esta forma de financiamiento deben estar atentas a la decisión del presupuesto del gobierno de turno.

Junto con lo anterior, es importante hacer notar que el financiamiento entregado a las instituciones no cubre la totalidad de los costos. Todos los rectores señalan que el arancel cubierto por la entrega del beneficio, no cubre los costos de la docencia. Esto significa que las instituciones que no poseen otros ingresos tendrán dificultades. Es probable que hayan hecho un esfuerzo el primer año, pero no es algo que se pueda sostener en el tiempo, especialmente para las instituciones que atienden a una población más marginada.

A la improvisación y la falta de recursos para cubrir los costos, se une el carácter asimétrico del financiamiento. Si consideramos que el foco de este subsidio está centrado en los más pobres y los costos no son cubiertos, estamos hablando de que las instituciones reciben más estudiantes pobres tendrán mayores problemas para financiarse en menor tiempo. En este sentido, la gratuidad pasa a ser una boomerang para las instituciones que han tendido a resolver las necesidades de sus estudiantes.  Si las universidades reciben mas estudiantes con más precariedades económicas, resultarán con un mayor déficit presupuestario. Flor de política para los más pobres.

Algo importante que se debe señalar: No es la gratuidad el problema, sino que su forma de implementación. Cuando se habla de la forma de financiar la gratuidad, se dejan de lado propuestas que tiendan aumentar el impuesto a los más ricos. Tampoco se desea utilizar parte de las ventas del cobre que hoy se entrega por defecto a los militares. En resumen, se deja de lado cualquier propuesta que tienda a elmiminar privilegios de los grupos dominantes. Claramente, mantener la desigualdad a lo único que contribuye es a aumentar la rabia contenida de quienes son marginados. La gratuidad pasa a ser un problema para quienes desean que los más pobres carezcan de derechos garantizados.

Aunque soy de los que pienan que la gratuidad, como concepto, llegó para quedarese, la muerte de esta forma de entenderla está a la vuelta de la esquina. Lo que no sabemos es cómo será el final de ésta. Está por verse si terminamos dando un pie atrás en el sistema de financiamiento o avanzamos hacia su consolidación como una política de Estado. Lo cierto es que tal como está ahora, deberá tener un final. Quizás a muchos nos gustaría un final feliz, con académicos/as pensando en la construcción de la universidad a largo plazo más que en su seguridad laboral, con el movimiento estudiantil haciendo rondas en la alameda y las familias con una tranquilidad de pensar que la educación superior está asegurada. Es probable que no tengamos ese final, al menos en el corto plazo. Sin embargo, por otra parte, acecha una propuesta conservadora que promueve dar pie atrás y revertir la pequeña y simbólica propuesta actual. Leyendo la prensa, podemos observar que algunos sectores desean que la muerte de este programa seas como la de Santiago Nasar. Sabemos que hay quienes quieren ver a la gratuidad desangrada públicamente. A pesar de que está claro que el modo de implementación de este programa tiene fecha de vencimiento. Está en manos del gobierno presentarnos el final.

 

Ilich Silva-Peña

Doctor en Ciencias de la Educación

Académico del Instituto Interdisciplinario en Pedagogía y Educación de la UCSH