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Hacen falta mil Violetas

Columna de Opinión de Hans Schuster, Escritor y Consejero Región Metropolitana, Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y Coordinador Área de Gestión de las Culturas y el Patrimonio, de la Dirección de Vinculación con el Medio, de la Universidad Católica Silva Henríquez.

27/01/2017

En el destino cultural de lo chileno, el alma nutriente del folclore se sustenta desde el siglo anterior en tres mujeres fundamentales: la de risa engalanada Margot Loyola, la de la triste mirada Gabriela Pizarro y la primera en despedirse de las tres, la más inquieta de todas las conciencias, VIOLETA AUSENTE.

Aunque digo ausente, está presente en sus diversas esferas de creación que van y vienen desde lo musical, la poesía, la cerámica, las esculturas en alambre y los tapices o arpilleras. Y así, con el sonido, el color y la textura, materializa mundos bordados de universos en constante exaltación y agonía que vienen a fusionar dos culturas de raíz profunda como son la urbana y campesina.

De allí, tantos saberes en la complejidad de la recopilación -más de 3.000 canciones- y en la divulgación de lo Chileno, con una voz propia del ser, al sur latinoamericano, cuyos mensajes dentro y fuera de lo creado ponen su énfasis en lo humano, a luz de tantos derechos conculcados.

Sería inconcebible no sentir la empatía de aquello que desde el arte sitúa, un año antes del disparo feroz (1967) con su GRACIAS A LA VIDA y tantas otras canciones que hicieron suyo lo nuestro y nuestro lo suyo, LEVÁNTATE, HUECHULLÁN o ARAUCO TIENE UNA PENA, JULIÁN GRIMAU o QUÉ DIRÁ EL SANTO PADRE, ME GUSTAN LOS ESTUDIANTES, RUN-RUN SE FUE PA´L NORTE.

Cuando ya casi se cumple medio siglo de su muerte (5 de febrero de 1967) la vida y obra de Violeta Parra es, en el azul profundo del arte, un clavel del aire que mece matas de chilcos y no me olvides.

Porque una y otra vez, lo creado y recreado por Violeta Parra reitera su vigencia, en donde el amor en lo profundo torna la oscuridad visible y lo auténtico como la verdad, vuelve rencorosa a una sociedad como la chilena que no perdona a sus artistas, cuando ellos como ella, llevan una vida fieles a sí misma, por eso no pide permiso ni lo otorga, porque siempre supo que traía consigo la condena más dura, cuyo precio es siempre la soledad.

Sin Violeta Parra estaríamos al borde de una existencia precaria, sin acervo patrimonial inmaterial. Ella es quien actualiza nuestras almas y las empapa de tradición, de valores formativos tan próximos a las imágenes de la vida que activa la conciencia y el fundamento de nuestra identidad más profunda, latinoamericana y fraternal, como siempre, alerta ante tantas miserias e injusticias.

COMADRE VENGA A CONTAR, hacen falta mil violetas.

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Hans Schuster 

Escritor, Consejero Región Metropolitana, Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y Coordinador Área de Gestión de las Culturas y el Patrimonio, de la Dirección de Vinculación con el Medio, Universidad Católica Silva Henríquez.