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A 50 años de la Reforma agraria: “Acto de obispos fue un signo profético”

Aniello Gargiulo Alfaro, secretario de la Fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez.
Aniello Gargiulo Alfaro, secretario de la Fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez.

31/08/2017

A diferentes niveles se recuerdan los 50 años del comienzo de una Reforma Agraria en Chile.  En este contexto, recordamos el acto efectuado por los obispos Manuel Larraín y Raúl Silva Henríquez como “un signo profético”, ya que se adelantó a los tiempos, y que muestra mucha lógica y relación entre la tierra, quiénes la trabajan y el capital, dado que posterior a este gesto, vinieron las reformas de los gobiernos.

Cuando esto ocurrió, “el sistema del latifundio ya no era adecuado a los procesos de modernización que debía llegar también al campo Una de Las soluciones  era  hacer  haciendas  más pequeñas  y bien equipadas’’ A su juicio, este cambio requería renovar el sistema estructural y productivo, y una adecuada preparación de la mano de obra, como de la misma dirigencia campesina.

El cardenal, en sus memorias, menciona el porqué de la urgencia de este acto, planteando que las tierras entregadas por la Iglesia “durante mucho tiempo sirvieron para ayudar al culto de Dios, a las obras de apostolado, a la mantención del clero. Pero consideramos que por encima de estas necesidades está el porvenir de los trabajadores de la tierra, su dignidad y sus posibilidades de cultura”. Un hecho con muy poco  antecedentes en la historia de la Iglesia Católica.  

Al comienzo de los años 60 Chile vive los primeros síntomas y fermentos para transitar de una economía basada en el cobre a un país diversificado y capaz de poner en producción enormes extensiones de tierras que eran poco productivas pero con un gran potencial tal vez desconocido en la época.  

Si bien entre los siglos 18 y 20 hubo algún grado de evolución, “en la práctica terminaba siendo un sistema en que en la economía agrícola era muy deficitaria  en términos tanto de atención a la dignidad de la persona del  campesino como con resultados de  escasa productividad. Había que pasar de un concepto  de  extensión de las tierras a un nuevo criterio centrado en la  intensidad y racionalización del cultivo”.

Los cambios implicaban modificar el tipo de relaciones existentes entre dueños e inquilinos, lo cual “sólo se podía dar si los campesinos sentían que la tierra que cultivaban les pertenecía. En esto el cardenal Silva, por sus orígenes en el campo, estaba convencido de que la tierra y los campesinos podían más, pero que necesitaban ser ayudados a que confiaran en sí mismos, sentir dignidad por su trabajo y abrirse a los cambios”.

Ésta es la explicación de que fueran ayudados a organizarse en cooperativas, “de manera que con una acción de apoyo mutuo pudiesen también cumplir con las condiciones de pago de las mismas tierras que se les entregaron”. Luego el cardenal pensó en fórmulas que pudiesen asegurar el apoyo técnico y así impulsa la creación de un instituto que los acompañara como nuevos propietarios y pequeños agricultores: el INPROA (Instituto de Promoción Agraria).

La dimensión de esta experiencia aún si pequeña en la época del Concilio Ecuménico Vaticano II sin duda que hace historia especialmente cuando el Papa Pablo VI en 1967 en la Encíclica Populorum Progresio menciona al Obispo Larraín como ejemplo de Audacia para generar cambios y al Cardenal Silva Henriquez también con su Audacia se hace precursor de una experiencia  auténticamente Evangélica  y  de una consistente promoción humana con un legado que continua hasta estos días.   

 

Aniello Gargiulo Alfaro

Secretario de la Fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez.